En la eternidad

En el principio del mundo estabas tu y estaba yo.

Nuestra primera canción juntos vino del centro de la tierra, tan antigua que nuestras almas y el mundo no se terminaban de separar aún y este respiraba y cuándo respiraba todo tronaba y retumbaba y enormes remolinos de viento salían como bocanadas furiosas del suelo.

Nuestra primera canción juntos, antes de salir de la arcilla y ser hombres, hombre y mujer,  la hicieron nuestros corazones latiendo dentro de la tierra.

En la inmensidad del mundo, por todas las tierras aún sin nombre corría un tremendo sonido grave, magnífico y  toda la creación esperando por nosotros retumbaba con nuestra primera canción Bom Bom bom bom…………..Bom Bom bom bom………….. Bom Bom bom bom…………..Bom Bom bom bom…………..Bom Bom bom bom………….. …………..Bom Bom bom bom………….. y el retumbar de la tierra rooom roooom rooooom roooom BOOOM y entonces emergimos de la tierra y nuestros corazones seguian haciendo canciones.

Desde entonces hicimos canciones para poner nombre a todas las tierras, a las montañas y los lagos y cantábamos la canción del río y la del sol y la del ave a quien la traicionaba un viento feroz y la de la semilla que se convertía en un árbol y la de la luna que iba muriendo para luego revivir… pero sobre todo cantábamos la canción de nosotros la canción que resonaba en la eternidad, la que en el principio de todo aprendió la tierra y los vientos, y el mar y el volcán y el rayo al compás de nuestros corazones.

Recuerdo aquel día en que pusimos nombre a todas las estrellas. Levante mis manos y traté de tocarlas… luego tu hiciste lo mismo, pero no pudimos.

La siguiente noche subimos juntos a la gran montaña y desde ahí tampoco pudimos tocarlas. Entonces lloramos.

Las pequeñas lámparas de luz del cielo se metieron tan dentro de nuestros corazones que nunca pudimos dejar de anhelarlas, era una espina bien fina, bien enterrada.

Una noche nos miramos a los ojos y comenzamos a flotar girando alrededor, uno del otro con nuestras miradas ligadas, primero muy despacio luego más y más rápido. Te tomé de las manos y tu me apretaste muy fuerte. Subíamos cada vez más hacia las estrellas y yo no dejaba de mirarte a los ojos. El giro se volvió vertiginoso y cada vez teníamos que tomarnos más fuerte de las manos. Nuestras fuerzas se derrumbaban, nuestros ojos se mojaron y comenzaron a llover y entonces sentí la última caricia de tus manos mientras resbalaban de las mías y seguíamos girando… cada vez más lejos, más lejos.

Mis ojos seguían lloviendo pero ya no podía ver los tuyos.

Vi como tu pecho empezaba a brillar, brillaba cada vez más y más hasta que te cubrió por completo el brillo, mientras te alejabas te convertías en una estrella y volví a estirar mis brazos para tocarte pero estabas demasiado lejos. Entonces recordé la noche en que pusimos nombre a todas las estrellas y deseamos tocarlas. Ahora podía tocarlas todas. Eran frías y rígidas. La que estaba en tu corazón debía ser tibia y suave, esa, la que se alejaba cada vez más. Y la miraría hasta que desapareciera. La miraría hasta el último segundo que brillara.

en el principio

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