Firus

Tiendo a atribuirle una razón intelectual de ser a todo, osea, pensamientos que lo mueven a cierto comportamiento: personas, animales y hasta cosas.

Por eso paseando a mis perros se me ocurrió escribir este cuento.

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Firus caminaba a paso acelerado, sus patitas se movían tan rápido que era difícil localizar su posición exacta, como las aspas de un ventilador. Con cierta elegancia caminaba con el mentón levantado y las orejas y la cola bien paradas, pero no por algún orgullo, pretensión o como resultado de una educación refinada, sino que su cuerpo automáticamente le ordenaba estos levantamientos de todo su cuerpecito cuando estaba emocionada, como cada vez que salía al parque.

Aunque fuera una actividad ya cotidiana y rutinaria, siempre recibía esa hora como quien espera algo durante toda la vida y por fin, a una edad avanzada donde ya todo parecía perdido, lo hace por primera vez.

Y es que cada vez que salía de su acostumbrado encierro sentía que rozaba la libertad, que estaba caminando justo sobre ella… ahh pero ¡Cómo deseaba poseerla por completo, respirarla, envolverse con ella, volverse parte de ella, desvanecerse en el aire! Pero esa estúpida correa, esa maldita correa que la detenía cuando trataba de poseer la libertad, que la ahorcaba y sofocaba cuando trataba de respirarla y a la cual estaba condenada.

A la perra grande la paseaban sin correa. Esa estúpida perra grande que no se daba cuenta cuando le pasaba por encima con sus enormes y asquerosas patas. Odiaba su felicidad, ¿Cómo podía ser tan tontamente feliz en este mundo lleno de frustraciones? Perra conformista. Firus se había acostumbrado a vivir con ella… había aprendido a englutir sin masticar los alimentos antes que ella los comiera todos con su boca de aspiradora. También aprendió a vivir con los múltiples atropellamientos tomándolos con indiferencia y a aprovechar su colosal cuerpo como fuente de calor por las noches. Sin embargo, jamás había dejado de ser para ella “la perra grande”, cuyo nombre  jamás se molestaría en aprender a pesar de los 30 años perrunos que había compartido con ella.

A “la perra grande” la paseaban sin correa por una simple razón: no la necesitaba, siempre caminaba dando medios círculos por detrás de ellos, jamás se alejaba más de tres metros en el parque y respondía cuando la llamaban.

¡Patético! Esa perra jamás poseería la libertad, no la merecía. Estaba justo frente a ella y ¿qué hacía? someterse, someterse a los deseos de los que se creían sus dueños… Pero Firus no tenía dueño, siempre había pensado firmemente que tenía alma de gato.

Ella por otro lado, se mantenía a raya de sus impulsos. Caminaba junto a esos seres de dos patas a una distancia exacta de 30 centímetros. Se paraba cuando ellos se paraban y caminaba cuando ellos lo hacían, obedecía sus órdenes… y cuando ellos creían que la habían domado por fin y soltaban sus cadenas, pobres tontos, ella sentía como un impulso fogoso invadía su cuerpo, un torrente de adrenalina. Y entonces corría, corría y corría con todas sus fuerzas, flotaba, respiraba por fin y entraba en un éxtasis en movimiento tan profundo que no alcanzaba a percatar los gritos desesperados de su nombre y la persecución cirquense que había armado.

Eran unos instantes mágicos hasta que lograban atraparla y la reprendían; pero no lo lograrían, no lograrían domarla. La sonrisa de descaro siempre estaba en su rostro.

Por eso ahora estaba encadenada. Sabía que, si la próxima vez, si la hubiese porque cada vez eran más espaciadas, que le soltaran los amarres se quedaba quieta, jamás volvería a tener esa opresión sobre su cuello, esa esclavizadora correa. Sin embargo no podía hacerlo, ella no era un animal domable, vivía para esos momentos de éxtasis, esos momentos de desafío, donde se burlaba de sus dueños que por muchas veces creyeron que era una perra tonta, incapaz de aprender, pero luego con vergüenza y sin admitirlo jamás descubrieron como se burlaba de ellos, por eso jamás volverían a quitarle la correa, pero Firus jamás perdería la esperanza, ni su colita levantada en espera del momento, ni sus orejas bien atentas, ni sus sueños de correr y correr, ni su paciente método de engaño, ni su sonrisa descarada. Nunca perdería la esperanza.

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